|
A mí me conmueven las cartas del “anciano” Juan, en este caso la carta a su amigo Gayo, de la que se desprende su sincero afecto, tanto por él como por sus amigos. Lo acompaña y lo anima. Lo estimula cuando ve que se comporta fielmente en el servicio a los hermanos, especialmente a los que llegan de otros lugares. Es demostrativo en su afecto, logra transmitirlo y contagiarlo.
Vemos aquí el “efecto cadena” que se produce cuando salimos de este modo al encuentro de nuestros hermanos, también de sus necesidades, sus penas y alegrías, y cuando les ayudamos a crecer –y eventualmente nos dejamos ayudar–. Acaso alguna vez sea necesaria cierta reprensión a tiempo, producto del mismo afecto. Nosotros también hemos recibido ocasionalmente el mismo trato, lo que considero un privilegio.
En esta carta hay claros ejemplos de esto. Juan se interesa también por el buen desarrollo espiritual de los hermanos. Todos, seamos temperamentales o no, podemos ser cálidos con quienes nos rodean, y Dios nos alienta a recibir afectuosamente a los que vienen de otros lugares, a fin de que se sientan cómodos entre nosotros. Un saludo afectuoso a tiempo suele cambiar rumbos.
Señor, ayúdanos a transmitir tu paz y a brindar afecto sincero a nuestros hermanos y amigos.
|